EL CALLAR

Callamos ante el hablar. Si alguien nos habla tenemos que callar para escucharlo y entenderlo. Sólo mientras estamos callados nos alcanzan sus palabras. Únicamente callando podemos entenderlas. Y sólo si primero hemos callado podemos responder a sus palabras.

Por tanto, únicamente podemos escuchar y hablar si calla-mos. El callar no está de ningún modo vacío. Está lleno de las palabras que escuchamos y lleno de las palabras que diremos.

Pero también callamos si nos cerramos a lo que dice el otro, si no le permitimos que con sus palabras nos altere, nos persuada, nos imponga algo o gane poder sobre nosotros.

Entonces el callar se vuelve respuesta y es más elocuente que cualquier palabra.

El callar también está indicado cuando no tenemos nada que decir, cuando no sabemos ninguna respuesta o cuando el tema es demasiado grande como para que podamos o tengamos el derecho de decir algo al respecto.

Muchas veces hablamos porque no soportamos estar ca-llados, ante el dolor, el duelo o una grave enfermedad, por ejemplo. Entonces tratamos de consolar al otro, a menudo con palabras vacuas, o de crearle falsas esperanzas en lugar de acompañarlo calladamente y limitarnos a estrecharle la mano.

Pero también callamos ante algo grande, ante la gran naturaleza, por ejemplo, o ante el gran arte.

Y callamos, sobre todo, ante Dios.

Bert Hellinger – Pensamientos en el Camino